Un cuento de Princesas Oscuras
Érase una vez una Princesa Blanca que vivía en un castillo blanco junto a su padre, el rey, su madre, la reina, y sus hermanos.
La Princesa Blanca era una criatura soñadora e ingenua. Creía en la magia, en las hadas y en los gnomos. Pasaba largos ratos observando el bosque desde su ventana, preguntándose por cada una de las criaturas que en él habitaban.
Una tarde de soleada, mientras se encontraba asomada a la ventana, reparó en un caballero de triste semblante que se encontraba observándola a ella.
El caballero lloraba y lloraba. Y cuanto más lloraba él, ella más se entristecía.
escendió corriendo las escaleras y, cuando llegó a la entrada al bosque el caballero ya no estaba allí.
Al día siguiente, cuando el sol alcanzó su punto álgido, reparó de nuevo en el mismo punto del bosque. Y de nuevo estaba él allí.
Llorando y llorando.
Ella lo llamó desde la ventana pero él ni se inmutó, así que una vez más bajó corriendo las escaleras para encontrarse con él… para saber qué le ocurría al caballero. Necesitaba entenderlo porque en ella una nueva pena iba creciendo.
Una vez más el caballero había desaparecido.
Día tras día este acontecimiento se repetía y cada día que pasaba, más tristeza se alojaba en su alma.
La Princesa Blanca ya no se asomaba a la ventana.
La Princesa Blanca ya no abandonaba su alcoba.
La Princesa Blanca sólo sufría y nadie lo entendía.
Una noche de luna llena la Princesa oyó un llanto al otro lado de la ventana. Se levantó de su cama y se asomó.
Allí estaba él. Mirándola otra vez. Llorando.
La Princesa ya no quería bajar por las escaleras, sabía que al llegar él habría desaparecido.
Le miró desde lo alto, en silencio y decidió que la manera más rápida de llegar a él era descendiendo por la ventana.
Vestida con un camisón blanco se subió a la repisa y, agarrándose como podía a las piedras que componían el castillo comenzó a descender.
A cada pie que descendía su vestido se rasgaba, ella se arañaba con los ladrillos, con la hiedra que trepaba por las paredes. Pero ella no reparaba en eso, lo único que quería era no perder de vista al caballero, lo único que le importaba era llegar hasta él.
A tan sólo unos metros del suelo, reparó en que el caballero se volvía. Le llamó, le gritó y procuró apremiarse para alcanzar el suelo, con tan mala fortuna que pisando su camisón resbaló y cayó al suelo golpeándose la cabeza de manera fatal.
Ya en el suelo. A punto de perder definitivamente la conciencia vio como el caballero se acercaba a ella.
Ella se apuró en preguntarle: “¿Por qué…? ¿Por qué llorabas?”
El le contestó:
“Lloro porque te amo, siempre te he amado. Te he observado durante años desde este rincón del bosque. No he dejado de venir a verte ni un sólo día. Mi corazón brincaba con cada una de tus sonrisas, mi alma se estremecía con cada contoneo de tu cabello. Pero no podía evitar llorar ya que siempre, siempre he sabido que jamás estaríamos juntos”.
La Princesa Blanca le miró desconcertada, cerró los ojos con fuerza, dejó caer una lágrima y falleció.
La Princesa Blanca sin ella saberlo, con su gran desdicha se había encargado de convertir la vida de todas aquellas personas que tanto la amaban en una vida gris. Nadie alcanzó nunca a encontrarle sentido a aquella muerte.
Mandaron sus padres pintar el castillo de gris oscuro. Mandaron tapiar las ventanas para evitar así que el resto de sus hijos se asomasen a la ventana. Se encerraron en el castillo con sus criados y allí permanecieron hasta el fin de sus días.
Esta es la historia de la Princesa Blanca que, tras muchos años de dicha, en sólo unos días oscureció por completo y para siempre la vida de toda la gente a la que tanto amaba, convirtiéndose así en una Princesa Oscura.
3/06/2007

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