“¿Te apetece subir a mi casa?”
Salgo de fiesta un jueves y quedo en un pub con ese chico que hace que me bailen las aguas. Bueno, en realidad estamos él, yo, un amigo suyo y una amiga mía (somos de los que necesitan carabina).
Primero tenemos unos quince minutos de precalentamiento, nuestro precalentamiento, es decir:
- “Hola, ¿como estás?”
- “Muy bien, aunque seguro que ya te has dado cuenta, ¡salta a la vista!”
- “Jajaja, como te quieres ¡Ya me gustaría descubrir si tienes tanto ingenio en otros terrenos!” -Y aquí sonreimos los dos pícaramente -.
El resto de la conversación se basa en comentarios ingeniosos y un más que claro coqueteo por parte de ambos.
Comenzamos a bailar, bueno, en realidad mientras yo bailo, él está detrás mía restregándose un poco:
- “Oye, ¿qué haces?, me estas restregando la cebolletaaa!!!!!”
- “No, te estoy restregando el cebollón”.
Diooooossssss, ¡¡qué bruto!! pero me hace gracia. Nos reimos.
Una horita después de ridiculeces, risas y besos, su amigo decide que debe irse a estudiar (sí… a las 5 de la mañana toooodos aquellos que volvemos a casa después de estar de fiesta nos ponemos a estudiar) así que vamos en el coche de este amigo hasta el lugar en que él tiene aparcado el suyo.
En ese momento se produce una situación que me resulta de lo más extraño. Mi amiga y yo en el coche de su colega, ellos dos fuera trapicheando, salimos del coche y él se va corriendo al suyo para seguir trapicheando en el maletero mientras su amigo nos da conversación junto al coche de éste. Nos despedimos del amigo y acompañamos a mi amiga hasta su parada de bus.
Una vez solos en el coche me invita a ir a su casa a tomar una copa. ¡Obvio que no! Ahora sé que lo que se estaban pasando esos dos eran preservativos. Le pido que me lleve a la parada del autobús que me lleva a casa. Sonríe. Pone una cinta de Depeche Mode y como el trayecto es un poco largo me quedo dormida. Cuál será mi sorpresa (bueno, en realidad sorprendente, lo que se dice sorprendente no fue) cuando al despertar me encuentro con que no está aparcando junto a mi parada de autobús. Sonríe de nuevo. Mira alrededor con un muy mal fingido desconcierto y dice:
- “¡Vaya! ¡No me lo puedo creer! Resulta que yo vivo en ese edificio de ahí enfrente”.
Sonríe. Sonrío.
- “¿Te apetece subir a tomar una copa? :D”
- “¿Esto no me lo habías preguntado ya antes? :D”
- “Eh… no se, yo no recuerdo haberlo hecho :D”
Nos reímos. Sinceramente no sé si subiré o no pero desde luego me voy a hacer la tonta durante un largo rato, que nos lo estamos pasando realmente bien.
Tras diez o quince minutos de remoloneo me dice finalmente:
- “¿Te apetece subir a mi casa?”
- “(Mirada lateral con sonrisita) ¿Para qué?”
- “Quiero que te acuestes conmigo”.
Llevaba toda la noche poniendole la puntillita a todas sus frases, a todas sus indirectas pero no estaba preparada para aquellas que te lanzan al pecho y con contundencia… No supe responder. No importa lo estrecha que una sea porque si te dicen ciertas frases con cierto tono de voz, mirándote como él me estaba mirando y acariciándote el cuello como él me lo estaba acariciando… puffffffffff… En ese momento me di cuenta de que acabaría subiendo a su casa.
Me dejo convencer para salir del coche. Nos apoyamos en el maletero y con su siempre presente sonrisa pícara me dice que tiene que ir al baño.
- “Bueno, tú subes y yo te espero aquí abajo”
- “Pero… cómo te voy a dejar aquí sola… ¿Tú ves a esos dos que están en mi portal? Puuffff… son los dos tíos con peor fama del barrio y aunque no lo fuesen, ¿no pretenderás que te deje aquí sola?”
- “Tú no te preocupes que yo les meto un par de yoyas y se les acaba la tontería. Y si aún así no te quedas tranquilo… no subas :D”
Aquí van otros diez minutos de remoloneo hasta que me decido a acompañarle hasta el portal, siete más hasta que subo y los últimos diez minutos hasta que finalmente decido entrar y quedarme.
6/01/2007

Escribe un comentario