Nubes
La habitación estaba oscura.
Nube la recorrió desde la puerta hasta alcanzar la cama.
En el suelo de la habitación había una alfombra de color panocha que le hacía cosquillitas en sus menudos dedos descalzos. Llevaba mucho tiempo allí, nadie recordaba cuánto.
Cuando alcanzó la cama, puso los brazos en alto y los agitó hasta que los de su padre, anchos y robustos, la levantaron del suelo hasta posarla sobre su barriga.
A ella le encantaba estar ahí, tumbada, sintiendo la fuerte respiración de su padre que era tan solemne como el rugido de la más potente locomotora que ella jamás había visto y oído. La panza, de perfecta esfericidad, resultaba tener un efecto aletargador… y así pasaban el tiempo, mucho tiempo, callados, mirando las pequeñas grietas que se habían acumulado en el techo y que descendían desde, según pensaba Nube, el suelo de la vecina de dos pisos más arriba. Nube estaba convencida de que a su vecina le debía ir muy bien; ésta era profesora de bailes típicos, cobraba por horas, y para que le fuese rentable trataba de captar a numerosos turistas que prefiriesen marcharse conociendo el baile regional que llevarse un pequeño souvenir. Así en su casa nunca cesaba el taconeo.
Mientras Nube juega a contar, una vez más, las grietas del techo, se detiene a mirar una de ellas, la cual baja por la pared hasta esconderse tras el cabecero de la cama.
Una vez su casa se llenó de termitas y tuvieron que llamar a su tío Lucas, que era exterminador de plagas y al finalizar su revisión de la casa les reveló que el origen de la plaga era un pequeño fragmento de madera de la estructura que se había podrido a causa de la humedad que se colaba a través de la grieta. Curiosamente, al arreglar el problema, tiraron la pared de la habitación contigua, eliminaron la plaga, reconstruyeron la parte de la estructura de la casa afectada y la pared tirada y dejaron las grietas donde estaban. Tal vez sea pequeña, pero ella sabe que siete años son suficientes para saber que aquella era una buena excusa para deshacerse también de las grietas, pero también sabe que nadie quiere acabar con ellas, forman parte de su casa y de sus vidas.
Ahora recuerda como gritó su hermana al descubrir a sus pequeños e inesperados compañeros de cuarto. Se ríe. Su padre cree que sus risas se deben a las cosquillitas que le estaba haciendo en su pequeña barriguita y comienza el juego, ella le nota ilusionado y decide seguirle la corriente.
Con un gesto agotado se incorpora y con sus oscuros cabellos cubriéndole la cara recorre de un vistazo la habitación Hay muchos trastos y cada uno guarda su pequeña historia.[...]
Nubes (Novela incompleta)
04/07/2006

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