Miradas burlonas dedicadas a nuestra reina
La reina de picas cruza la puerta. Contonea sus caderas, se clavan en el suelo (y en mi alma) sus tacones.
Llega a la antesala de la cámara de los horrores y se detiene. Respira profundamente. Ahora toma aire. Y ahora suspira. Humedece un poco sus dedos y se atusa el pelo, se pellizca las mejillas, se coloca el sostén, eleva la cabeza y allá va.
Gira el pomo, penetra en un salón repleto de gente y, para sorpresa suya, nadie la ve, nadie la mira, nadie la toca… Camina entre la multitud en silencio, dedicando discretas sonrisas, alzando levemente la mano en gesto de saludo al final del tumulto, dirigiendo miradas coquetas a izquierda y derecha. La reina de picas está sola, nadie la ve, nadie la mira, nadie la toca…
El diez de diamantes por fin repara en ella, se acerca e intenta besarla “¡Quieto, soy la reina de picas! ¡No seas insensato!”. El diez de diamantes suelta una sonora carcajada provocando un rotundo silencio en la sala. Todos los presentes se vuelven hacia ellos y esperan una explicación, a lo que el diez responde: “¡Compañeros, he aquí una situación insólita! ¡Mirad a aquella que se cree reina de picas!”. Estrépito general, desconcierto, carcajadas, miradas burlonas dedicadas a nuestra reina. Ella no entiende, entristece, enmudece, se ve más y más desconcertada. Comienza a sofocarse y mientras una lágrima brota de sus ojos, da media vuelta y abandona corriendo la sala dejando atrás risas, muecas e insultos.
Llega de nuevo a la antesala y, al tratar de quitarse el maquillaje frente el espejo, descubre en su reflejo a la puta de oros.
12/08/2006

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