Es curioso cómo la vida nos demuestra que aún nos queda algo de humanidad

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte…

Muy cerca, a la izquierda, una pareja joven observa la escena. Ella parece afectada, aprieta su cabeza contra el pecho de él, que no puede dejar de mirar fijamente, sin expresión en el rostro.

Un poco más allá, a veinte metros y sobre el puente, otra pareja joven ha olvidado su destino y se ha detenido a comentar lo que ven. Parecen llevar ahí un largo rato sin saber exactamente qué hacer.

Las luces, primero roja y luego naranja, captan la atención de todo aquél que circula no muy lejos del lugar. Estas luces inciden sobre el chaleco reflectante de los agentes que custodian el perímetro.

La escena es alumbrada por un par de focos de color blanco que proceden de un lateral de la ambulancia. Estos focos inciden directamente sobre un cuerpo tendido en la acera, a los pies del puente.

Otra vez… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte…

Un primer ATS deja de aplicar el masaje cardíaco mientras el segundo aplica oxígeno mediante una bomba de mano.

No se puede ver la cabeza del atendido, pero sí su torso desnudo. Gracias a ello puedo decir que se trata de un varón de unos cuarenta y cinco o cincuenta años; Apenas tenía vello en el pecho y una prominente barriga hace suponer que una de sus grandes pasiones deben ser las cañas con los amigos en el bar de la esquina.

Yo, sentada en el autobús a treinta metros, y mirando fijamente, al igual que el resto de pasajeros, me empiezo a poner nerviosa… “Esto dura demasiado… Mira, otra vez”.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte…

“Ya está” parece que lo han conseguido. La pareja más cercana parece relajarse un poco. La más alejada adopta una postura aliviada, y en el autobús todos seguimos en silencio… “Dios mío, otra vez…”

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte…

Vuelven a aplicarle el masaje cardíaco y no puedo evitar angustiarme “por favor, que se salve de una vez”.

Comienzan a subir al autobús nuevos pasajeros que se encontraban en la parada. Éstos al entrar comentan en voz alta que ha debido caerse. Hablan muy alto. Todos les oímos. Sin embrago en cuanto encuentran su lugar en el autobús, se suman al silencio que reinaba. Y sólo observan, al igual que el resto.

Echo un vistazo rápido a mi alrededor y me doy cuenta de que todos tienen el gesto tan descompuesto como el mío. Lo que al principio era curiosidad debido a la presencia de una ambulancia se ha transformado en tristeza, angustia… Todos queremos que siga viviendo, lo deseamos, hasta parece que desde nuestros asientos le mandamos un ápice de nuestra vida para que pueda seguir con la suya.

Es curioso cómo la vida nos demuestra que aún nos queda algo de humanidad…

El autobús cierra sus puertas, el primer ATS sigue aplicando el masaje cardíaco, el autobús sigue en silencio y yo me voy a casa preguntándome si mañana ese hombre estará con nosotros o con “ellos”.

(28/05/2006)

~ por elniveldevidakhala en Diciembre 24, 2007.

Escribe un comentario